Real, Pontificia, Antiquísima, Ilustre, Franciscana y Penitencial Hermandad y Cofradía del Señor Atado a la Columna y de Ntra. Sra. de la Fraternidad en el Mayor Dolor

ANTIGUA PARROQUIA DE SANTIAGO

La iglesia parroquial de Santiago el Mayor es, sin duda, una de las parroquias con más historia local. Fue sin duda el antiguo templo románico del “Señor Sant Jaime, o Santiago el Mayor“, el edificio religioso en el que tuvieron lugar las más grandes decisiones de los zaragozanos: al toque de su campana se reunían en el atrio del templo para solucionar los asuntos más graves de la ciudad. Era en definitiva el lugar y punto de reunión de los ciudadanos de la vieja Zaragoza. Según la tradición se alzó en el solar de la casa que albergó al Apóstol Santiago cuando vino a esta ciudad; y ya existía en 1.121, pues el año siguiente, D. Alfonso el Batallador la donó al Monasterio de San Pedro de Siresa.

En la actual calle de Santiago, en su esquina con la calle Don Jaime, estaba situado el antiguo templo dedicado al “Hijo del Trueno“. En 1.902 se erró por que amenazaba ruina, y así fue desapareciendo aquel atrio en el que se administraba justicia y se consagraba el concejo de la ciudad, aquél pórtico bajo el cual se juraban treguas entre bandos locales que agitaban la paz de Zaragoza, como vemos en un documento del 1.151 que dice: “… ante ostium Sacti Jacobi venerunt ad pacis concordiam“. Al toque de arrebato de la campana de Santiago, los corazones zaragozanos se estremecían ante el peligro que anunciaba. Todo desapareció en 1.902, pasando la parroquia de Santiago el Mayor a la antigua iglesia de San Ildefonso.
De este desaparecido templo se conservan algunas cosas:

En las escaleras del Palacio Arzobispal encontramos unos capitales románicos.

El retablo mayor se encuentra en la iglesia parroquial de Villanueva de Gállego.

En la iglesia del barrio de Casetas están los altares que hoy en día se encuentran dedicados a la Virgen del Rosario y la del Carmen. El de la Virgen del Rosario fue antiguamente el de San Indalecio, el cual pertenecía al gremio de cereros de la ciudad que lo mandó realizar en el año 1.723. El otro altar, el de la Virgen del Carmen, pertenecía a la familia Escartín o Descartín, y lleva en la parte superior el escudo de fray Miguel Descartín y Arbeza, obispo de Tarazona entre 1.664 y 1.673.

Una Cruz de piedra -Cruz de Santiago- en la casa número 41 de la calle Don Jaime I, indica el lugar que ocupó la iglesia que aquí comentamos.(ver fotografía)

MUERTE Y TESTAMENTO DE DON ALONSO DE VILLALPANDO

Don Alonso de Villalpando había estado casado con doña Jerónima Serón, y al enviudar contrajo matrimonio con doña Sabina López. Por los meses de Junio o Julio del año 1.603 había hecho testamento, en el que dejaba clara su voluntad de hacer en Zaragoza, una obra importante y permanente para mayor gloria de Dios.

El documento, escrito en folios con letra y caligrafía definidora de su carácter y cultivado espíritu, lo entregó al notario zaragozano don Diego Fecet (fundador
de las fecetas), a quien nombraba, junto con don Martín Francés y los frailes dominicos fray Domingo Agustín y fray Jerónimo Abadía, ejecutores de su última
voluntad, que era “erectión e Institución del Convento de la orden de Santo Domingo baxo la Invocación del glorioso San Ildefonso“.

El día 23 de septiembre de 1.604 moría don Alonso de Villalpando en una casa de la zaragozana calle de Santa Cruz, siendo amortajado con el hábito de Santo
Domingo dejándole la cara al descubierto.

Fue enterrado en una cisterna existente en el claustro del Convento de Santo Domingo, situado en la plaza del mismo nombre. El cuerpo fue depositado sin
pompa alguna, provisionalmente, hasta que conforme como lo había dispuesto, pudiera ser trasladado y enterrado definitivamente en la iglesia que se edificaría para el Convento de San Ildefonso.

Don Alonso de Villalpando dejó mil reales para el funeral y las misas que se celebrarían en el Convento de Santo Domingo, misas que también se rezaron en la
iglesia de San Francisco (sobre cuyo solar se edificó posteriormente el edificio de la Diputación Provincial) y en la capilla del Crucifijo del Monasterio de Jesús, en el Arrabal. Este último fue fundado por los franciscanos el año 1.447 y dio nombre al rabalero barrio de Jesús.

Antes de efectuarse el enterramiento se había procedido a la lectura del testamento, una vez consumado el acto público de muerte. En él quedaban detalladas cada una de las normas por las que habían de regirse los fundadores en su nombre y posteriormente los religiosos. Cuarenta mil sueldos Jaqueses de renta anual, junto con ochocientos mil de propiedades, habían sido los consignados para la fundación y dotación del Convento.

El traslado de los restos de don Alonso de Villalpando desde el convento de la calle Predicadores hasta el templo de San Ildefonso tuvo lugar el día 27 de julio de 1.694, siendo enterrado definitivamente en el pavimento del presbiterio, como lo indica una losa de mármol negro con el escudo nobiliario de los Villalpando y en el que se lee:

FRAY JERONIMO XAVIERRE Y LA ORDEN DOMINICA EN ZARAGOZA

Habían tenido los frailes dominicos o predicadores con su primer convento en Zaragoza, una iglesia de tres naves, el más espacioso templo de la ciudad después del Pilar y La Seo. Hoy de aquel magnífico templo solamente queda una parte, que es la iglesia de la Casa de Amparo en la calle Predicadores. En 1.584 se fundó un segundo convento, y otro más en 1.604, cuya iglesia es la actual de Santiago. El primer convento, del cual tratamos, se llamó de Nuestra Señora del Rosario, y el él ingresó un niño zaragozano, de diez años de edad, nacido en 1.554, hijo de Domingo Xavierre e Isabel Pérez de Ceseda. Su padre fue andador durante treinta años. “Andador” o “Capdeguitas“, era el guardián de la ciudad que velaba por la seguridad de las personas y cosas, y eran nombrados por los jurados, exigiéndoles gran moralidad y honradez. En Zaragoza eran seis los “Capdeguitas” y cada uno tenía a sus órdenes diez subalternos llamados hombres de la decena. El llamarlos “andadores” era por el hecho de que andaban delante de los jurados, a semejanza de los lictores que andaban en Roma con los cónsules y de los victores que acompañaban a los tribunos.

Este nuevo aspirante a dominico se llamaba Jerónimo Xavierre y Pérez de Ceseda, y el día 28 de diciembre de 1.563 hacía la profesión religiosa, teniendo que
abandonar un año más tarde el convento de la plaza de Santo Domingo a causa de la peste que asolaba Zaragoza en el año 1.564. Este convento tenía un sagrario precioso, el cual Felipe II mandó reproducir en El Escorial. Aquí es donde éste dominico forjó su carácter y desarrolló su inteligencia.

Don Jerónimo Ferrer fundó el 23 de octubre de 1.584 el colegio de San Vicente Ferrer, en la actual calle de Palafox, el cual sirvió de residencia de los
catedráticos dominicos de teología en la Universidad. Fray Jerónimo Xavierre fue rector de este colegio y posteriormente de otro que los herederos del matrimonio Ferrer-Clavero fundaron con el nombre de Colegio de San Jerónimo, para seglares. Después pasó a ocupar, -por expreso deseo del gran aragonés D. Pedro Cerbuna, su fundador- la cátedra de Prima de la Universidad de Zaragoza entre los años 1.596 y 1.600. Ocupó el cargo de prior de los predicadores en
cuatro ocasiones, y durante catorce años tuvo la Cátedra de Teología de esa Universidad. Fue nombrado Provincial de los Dominicos en el año 1.600. Poco tiempo más tarde, el Papa Clemente VIII lo destinaría para el cargo de General de la orden dominica, y pasados seis años sería el Pontífice Paulo V quien -en
las témporas de diciembre de 1.607- le nombraría cardenal. Este acontecimiento fue celebrado con júbilo por el pueblo zaragozano.

A principios de 1.605 se encontraba en Zaragoza fray Jerónimo Xavierre por asuntos de su generalato y con el motivo principal de intervenir en la fundación del Convento de San Ildefonso, según había testamentado don Alonso de Villalpando.

Cuando el Cardenal Xavierre se encontraba en la Corte de Felipe III, del que era su confesor y consejero, en Valladolid, le sobrevino la muerte. Era el día 2 de
septiembre de 1.608, cuando el Cardenal aragonés contaba 62 años de edad. El cadáver fue depositado en primer lugar en el templo vallisoletano de San Pablo, y luego trasladado a Zaragoza, en cuya ciudad tuvo tres enterramientos.

Don Diego Fecet, zaragozano ilustre, quiso hacer un sepulcro digno del Cardenal en el convento de Nuestra Señora del Rosario, de los frailes dominicos. Para ello, el día 25 de noviembre de 1.610, ante el notario don Juan Lorenzo Descartín, se firmó una concordia entre el citado Fecet y el escultor zaragozano Juan de Acurio, el cual construiría un mausoleo realizado en piedra de alabastro, cuyo coste se fijó en veinte mil sueldos jaqueses, en la sala capitular del mencionado convento. Resultó ser una obra digna de admiración.

Por los acontecimientos políticos ocurridos en nuestra ciudad entre los años 1.868 a 1.874, y por desprecio a los valores inmortales, este mausoleo funerario
-testimonio del comienzo del barroco en Aragón a principios del siglo XVII- hoy lo vemos falto de la estatua orente del Cardenal y de algunas de las figuras
que lo componían, así como del cuadro que representaba el triunfo de la muerte.

La Real Academia de San Luis recogió los despojos del mausoleo y los trasladó al Museo Provincial. De los restos mortales del Cardenal se hizo cargo la Universidad Literaria de Zaragoza en la persona de su rector, don Jerónimo Borao, que mandó recogerlos en una caja de madera labrada para depositarlos después en la “capilla de Cerbuna“, en el derruido edificio universitario de la plaza de la Magdalena, donde permanecieron hasta ser trasladados, cuarenta y cinco años más tarde, la templo de San Ildefonso, en donde había sido montado de nuevo el mausoleo que se conservaba en el Museo Provincial. Era el día 16 de octubre de 1.915

FUNDACION DEL CONVENTO DE SAN ILDEFONSO

Habiendo tenido conocimiento de este proyecto fray Jerónimo Xavierre, se trasladó a  Zaragoza a principios de 1.605 para dar legalidad y comenzar el desarrollo de la idea que en su testamento dejó escrita don Alonso de Villalpando.

En un principio se formalizó la compra de unas casas y patios en la plaza de Meliz, parroquia de San Pablo, en donde quedaron instalados los frailes dominicos designados. En el mencionado testamento se hace una extensa relación de normas y condiciones que configurarán la vida religiosa del Convento, así como la forma de administrar sus propios recursos.

Fue nombrado primer prior del Convento fray Luis de Aliaga, y Superior el padre Francisco Omiste. Se realizó una procesión religiosa y su comitiva entró en la iglesia, donde se desarrolló el ritual de toma de posesión, para después discurrir cantando y diciendo preces por las celdas, patios y otras dependencias de las casas y anejos que de esta manera se constituían en Convento de San Ildefonso. El notario don Diego Fecet testificó el acto con el que comenzaba la vida monástica en aquel.

El día 23 de febrero tuvo lugar la primera reunión de los frailes para nombrar un procurador (don Martín Francés) y comprar una huerta que iba desde el monasterio del Carmen (plaza del Carmen) hasta la Puerta Baltaj (Puerta del Carmen).

Así comenzó la vida de este Convento que llegó a tener gran actividad religiosa y cultural gracias a la Comunidad de dominicos que prestó un gran servicio a la
ciudad.

DIVERSAS ETAPAS EN LA CONTRUCCION Y VIDA DEL TEMPLO DE SAN ILDEFONSO

Los frailes dominicos del Convento de San Ildefonso habían emprendido la extraordinaria empresa de construir el templo soñado. En el Convento había que
introducír cambios profundos, sacrificando partes como la capilla y el claustro, necesario para la construcción de la iglesia proyectada.

El día 13 de julio de 1.651 el padre prior perpetuo del Convento, Alonso de Villalpando -sobrino del fundador-, se comprometió con don Pedro Miguel Cavero
para que este vecino proporcionase la madera a utilizar. El precio fue de 480 libras jaquesas.

Días después el padre Prior llamaba al Maestro de obras zaragozano Juan de Hiberte para conversar obre los trabajos. En septiembre del año 1.651 se firmó un acuerdo entre ambos, dando fe el notario público don Diego Francisco Moles.

Juan de Hiberte no completó su intervención y en realidad sólo hizo un sólido esqueleto de pilares y tapias que durante algunos años fueron el recordatorio
de la gran empresa concebida. La cornisa toscamente realizada, los defectuosos tejados, y las pobres capillas abiertas en los muros, fueron algunas de las imperfecciones que contrariaron a los frailes, preocupados además por los problemas económicos de esta gran empresa. Gracias a la voluntad del Prior del Convento zaragozano, el reverendo padre fray Francisco Crespí de Valldaura, Provincial de Aragón de la Orden de Predicadores, se firmó el “Decreto de Licencia” que permitía continuar la obra.

De nuevo estos buenos deseos se vieron frenados durante los años 1.652 y 1.653 por la contagiosa y terrible peste que llenó la ciudad de incertidumbre y dolor. La tenacidad de los monjes hizo que aquella iglesia fuera continuada.

El Maestro de obras Felipe Busiñac y Borbón (que había reparado el Puente de Piedra tras la crecida del 43) gozaba de gran prestigio en la ciudad, por lo
que fue llamado para encargarle el resto de la obra. El día 14 de diciembre de 1.661 el Prior del Convento, fray Pedro Mártir de María, y don Felipe Busiñac,
firmaron una concordia siendo notario don Ildefonso Moles.

Inicialmente, muchos pilares del templo construidos años atrás fueron demolidos, y desmontados gran número de andamios existentes. Hubo una gran actividad entre los años 1.662 y 1.665. Don Felipe Busiñac se había obligado en 4.000 libras jaquesas, precio fijado para la obra y que el Convento pagaría. De este Convento salieron todos aquellos materiales y útiles necesarios para la construcción (madera, clavos, yeso, ladrillos, puertas, aros, etc.). Influyeron
en su levantamiento las corrientes de la época, que hicieron que esta iglesia fuese un bello ejemplar del barroco zaragozano.

Dentro del monasterio también se hicieron obras que modificaron en parte la vieja distribución del mismo. Adosado a la pared del templo se construyó el claustro con un tránsito para que los frailes pudieran pasar directamente a la iglesia.

El amplio y hermoso templo era en 1.666 una realidad espléndida. Se cumplió el testamento de don Alonso de Villalpando, los frailes dominicos vieron colmadas sus ilusiones cristianas y sociales, y el Maestro de obras, Felipe Busiñac y Borbón, consiguió un logro más de su quehacer personal. En 1.666 era prior del Convento el padre fray Miguel Fombuena.

En los siguientes años se produjeron frecuentes problemas económicos, necesitando la ayuda del municipio zaragozano. La siguiente obra que se realizó, una vez edificado el templo, fue la construcción de la cúpula. Se considera su autor a fray Aniceto Aynsa.

En los comienzos del siglo XIX se utilizó el templo como almacén militar, sufriendo grandes desperfectos y desapareciendo muchos de sus interesantes
retablos. Volvió a celebrar ceremonias religiosas y a recobrar la luz por deseo del Capitán General de Aragón en el año 1.848, el cual lo destinó para acontecimientos religiosos castrenses. De nuevo la desgracia aparece en el año 1.860, en el verano, cuando un rayo produjo el hundimiento de la cúpula. Se
hizo otra, aunque ésta bastante más pobre.

A continuación vino una época de gran empuje, que permitió cubrir los vacíos espacios de las capillas con retablos y obras de arte. En el año 1.882 lo rescató la iglesia, aprovechando una visita del Rey, para la Cofradía del Sagrado Corazón, y más tarde para los padres de la Compañía de Jesús. En el año 1.902 se constituyó como parroquia de Zaragoza, al trasladarse aquí la parroquia de Santiago al derrumbarse el antiguo templo de la calle Don Jaime. En 1.964 se iniciaron las obras para consolidar la cúpula, derribo del cupulín y construcción de otro más ligero, y arreglo del techado. Estas obras duraron quince meses y fueron dirigidas por el arquitecto D. Regino Borobio. Durante el año 1.972 se elevó una de las torres laterales, quedando la simetría rota. La otra torre se levantó en el año 1.982.

DESTRUCCION DEL CONVENTO DE SAN ILDEFONSO

El Convento adquirió su máximo nivel después de las obras realizadas en él por don Felipe Busiñac y Borbón.

En el año 1.738 fundó la biblioteca del Convento don José Rodrigo de Villalpando, marqués de la Compuesta, quien dejó a la comunidad de San Ildefonso 16.000 impresos y 4.000 manuscritos.

Poco a poco fue llegando el abandono y la soledad al Convento. Durante los Sitios de Zaragoza, en los años 1.808 y 1.809, se utilizó como Hospital de Sangre.

Más tarde fue abandonado el Convento y pasó a ser Hospital Militar hasta 1.958. Luego vino el derribo.

Únicamente quedan como testigos, en un muro exterior del templo, huellas de arcos y arranques de bóvedas en lo que fuera el claustro del Convento, así como la puerta, ahora tapiada.

EL TEMPLO ACTUAL: DETALLES

El templo, cuya grandeza y atrevimiento resultan patentes, tiene una hermosa nave de 70x30x28 labrada con decoración geométrica. Todos los entendidos coinciden en afirmar la magnífica proporción existente entre los elementos arquitectónicos, así un templo tan grande necesitaba una cúpula también grande
-60 metros de altura- y una gran ornamentación interior para salvar la monotonía de los grandes espacios.

El autor del edificio debía ser herreriano o por lo menos influido por esta arquitectura escurialense, como se puede observar en la fachada. Esta es de gran sobriedad, toda de ladrillo, de orden dórico con resaltes de pilastras. Sólo se emplea la piedra, y no de gran calidad, para el bastimento, nicho central y remates de columnas y frisos. La fachada se halla flanqueada por dos torres terminadas recientemente, y en el centro podemos ver una imagen de Santiago Apóstol de 1,80 metros de alta que fue construida por el escultor aragonés residente en Alemania Ángel Ponz Poderós, y bendecida por don Elías Yanes, Arzobispo de Zaragoza, el día 29 de junio de 1.986. La puerta de entrada es el único lugar donde se ha empleado la piedra arenisca del país y forma un sencillo arco de medio punto.

Una vez traspasado el umbral de la puerta encontramos un gran atrio rectangular de techo plano, y a él dan unas tribunas hoy tapiadas. La planta de la iglesia es de características jesuíticas: una sola nave, con crucero bien acusado. La cabecera, plana, alberga un precioso retablo que luego comentaremos. Las capillas, entre los contrafuertes, son muy profundas, y están comunicadas por vanos entre sí. Los triforios están constituidos por ventanas gemelas, cobijadas por otra mayor. La planta se cubre por una bóveda de lunetos, donde se insertan las ventanas; dicha bóveda esta dividida en cinco tramos, que cobijan a las cuatro grandes capillas de cada lado (ya que el último tramo está a la altura del coro). Las capillas laterales, así como la galería o triforio, están divididas por pilastras acabadas en capiteles compuestos (de orden corintio), seguidos por un entablamento decorado con follaje, predominando siempre la línea curva y la decoración virtuosa. Aquí comenzamos a apreciar ya la maravillosa decoración en yeso, realizada in situ y de acuerdo con la más depurada técnica árabe.

Así pues, lo muros aparecen enmarcados entre capilla y capilla por pilastras acanaladas terminadas en capiteles corintios, sobre y junto a los que corre una
cornisa de enorme saliente repleta de labores barrocas en yeso. Pero la decoración más interesante es la del intradós de la bóveda de la nave y de las cúpulas de las capillas laterales, atribuidas a fray Mateo Ortiz y fray Benito Gallego. Ninguno de los temas se repite y los elementos más usados son el lazo (de a seis y de a ocho), rombos y círculos entrelazados, hojas y carátulas. En este tipo de decoración confluyen pues influencias mudéjares, tratadas al estilo barroco.

Se llega a la Sacristía, últimamente restaurada, a través de una habitación cuadrangular cubierta con bóveda de arista, con el intradós decorado con lazo de yesería. Hay el ella un lavamanos de mármol negro del siglo XVIII. La Sacristía, propiamente dicha, es una pieza de museo. Es una habitación rectangular que se cubre por bóveda caída sobre pecinas decoradas con imágenes de los evangelistas pintadas al fresco. En el centro de la bóveda, a modo de clave, va pintado el escudo de la Orden Dominica.

CAPILLAS:

La Iglesia tuvo retablos interesantes que desaparecieron durante la guerra de la Independencia. Los que existen actualmente son una sencilla muestra de arte
zaragozano del siglo XIX. A continuación vamos a ver a grandes rasgos las características de cada capilla:

  1. Capilla de Jesús Atado a la Columna. Recientemen restaurada esta capilla por la cofradía, en el se pueden ver las imágenes titulares de la Cofradía, así como el Cristo del paso de la Flagelación.. El retablo, de tipo neoclásico, está dedicado a los mártires de la guerra de la Independencia. El lienzo es obra del pintor aragonés Oliver Aznar.
    En las paredes laterales existen unas listas con los nombres de los héroes y una especie de resaltes a modo de mausoleo.
  2. Capilla de San Ignacio de Loyola. Está dedicada a los santos jesuitas. Tiene un retablo neoclásico, y la imagen de San Ignacio de Loyola es del escultor catalán Flotats. En los muros de la capilla hay una serie de pinturas debidas al hermano Gallés, que hacen referencia a la vida del santo.
  3. Capilla de la Virgen de la Salud. Imagen  vestida. En el friso del retablo se lee “Salus infirmorum“. Además hay una imagen de Santa Lucía y otra de San Roque.
  4. Capilla de la Congregación de la Doctrina cristiana. Cuando los jesuitas albergaban en la iglesia, el nicho de este retablo tenía una imagen de la Purísima, ya que en él estuvo instituida la Congregación Mariana. Al convertirse en parroquia, los padres jesuitas se la llevaron, colocando los párrocos en el nicho una imagen de Jesús acariciando a los niños, proyectada por Bernardino Montañés.
  5. Llegamos al crucero, en donde hay un retablo neoclásico de madera, como todos los de la Iglesia, dedicado a San José. El altar fue proyectado por Ricardo Magdalena, mientras que la estatua del Santo, la de San Francisco Javier y la de San Antonio, son obras de escultores catalanes del siglo XIX.
  6. En este lado del crucero, haciendo juego con la sacristía, está el mausoleo del Cardenal Xavierre, del cual ya hemos hablado antes.

Continuando por el lado izquierdo según se entra:

  1. Capilla del Sant0 Cristo. De tamañ0 más que natural, está rodeado de figuras de María y San Juan. Este retablo es el del Calvario, que ocupaba anteriormente el remate del retablo mayor.
  2. Capilla de Santa Rita de Casia. Aparte de la imagen central, hay otras dos de San Eugenio y San Joaquín, y en la parte superior otra de Ntra. Sra. de Lourdes. Son muy dignos de mención los azulejos que cubren las paredes de la capilla, y que deben remontarse al siglo XVII, obra atribuible a la escuela de los alfares de Muel.
  3. Capilla de Ntra. Sra. del Carmen. En los lados del retablo encontramos dos imágenes de talla: Santo Domingo y Santa Bárbara.
  4. Capilla de Ntra. Sra. de Sancho Abarca. Patrona de Tauste. Tiene el retablo barroco.
  5. Situado en el lado izquierdo del crucero, enfrente al altar de San José, está la Capilla de la Virgen del Pilar. La imagen de la Virgen es de alabastro policromado, de estilo gótico de finales del siglo XV. Las estatuas de San Juan Evangelista y Santa Elena, también en el mismo retablo, son obra del escultor aragonés. Jorge Albareda.

Todas las capillas tienen las bóvedas decoradas en escayola y están dotadas de un esbelto cupulín (salvo la de Santa Rita, suprimida en 1.942).

En retablo es de gran tamaño, de madera, de estilo neoclásico y de orden corintio.
La imagen de Santiago es obra de Ignacio Ferrán. En el cuerpo superior está el relieve que representa a “San Ildefonso recibiendo la casulla de manos
de la Virgen
“. El Tabernáculo y el Sagrario fueron proyectados por Ricardo Magdalena, y el relieve eucarístico de la puerta es de Martín Miguel.

Delante se encuentra la sepultura del fundador.

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